AQUELLOS DÍAS EN DUBLÍN

Hace poco hablaba de la importancia que para muchas personas tienen las fechas, bien por acontecimientos globales bien por momentos personales, esos que de una u otra manera nos han afectado en la vida y que difícilmente se pueden olvidar.

Hoy 7 de Octubre se me ha venido a la cabeza que tal día como hoy hace catorce años, en 1994, me fui de viaje solo a un país que para mi era un sueño visitarlo, Irlanda. Me ha parecido un buen momento para recordar unos días preciosos en mi vida.

 

Ahora que son tiempos muy difíciles y diferentes a mis circunstancias de aquellos tiempos, recordar esos días en un país distinto me provocan la sonrisa.

Yo tenía por aquel entonces 21 años y estudiaba 3º de Filología Inglesa en la Universidad de Málaga. Solía pasar los veranos trabajando y aquel año tuve muy claro que me iría de viaje (al igual que los siguientes años) y que el lugar elegido sería Dublín, capital de Irlanda.

Desde el primer momento que bajé del avión y pisé suelo irlandés, me invadió una felicidad de la que no pude ni quise desprenderme en todos los días que estuve en aquella tierra maravillosa, como si de alguna forma no fuese tan extranjero en aquella tierra.

 

Todo lo que pude ver de la ciudad de Dublín y sus alrededores me fascinó pero de lo que mejor recuerdo guardo es de las personas que allí conocí y que muchos años después siguen siendo amigos míos. Hace un par de años me visitó una amiga que conocí en aquel viaje y a la que no veía desde aquellos días, doce años atrás. Era como si el tiempo no hubiera pasado, con el mismo ambiente que respirábamos en aquel Pub de Stillorgan Road o en The Temple Bar, en pleno centro de la ciudad.

Eso es lo que me fascina de los irlandeses, su carácter abierto y su compromiso para mantener la amistad por muchos años que pasen.

Hoy me vuelven a la cabeza aquellos músicos de Grafton Street, los cafés en el Trinity College y su Biblioteca legendaria, los paseos a ambos lados del río Liffey con sus puentes,  rememorando el “blooming day” del Ulises de Joyce, la música de U2 en los centenarios pubs y la Guinnes, esa cerveza negra irlandesa a la que me aficioné y que de cuando en cuando suelo degustar en los muchos pubs irlandeses que hay en mi pueblo, Torremolinos.

 

Como les digo, son de esos días en los que sin querer, vienen a la cabeza recuerdos bonitos y aquel viaje lo fue, por muchas razones personales.

Me ha parecido una buena oportunidad de recordar Dublín, ciudad de la que me enamoré perdidamente y a la que espero poder visitar alguna otra vez.

Dicen que hay amores que no se olvidan y el mío por Irlanda es uno de ellos.

Lord Buworld.

 

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