Arizados 4: New Orleans

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Siempre había sido una persona de pocas palabras. De hecho pensaba que lo más interesante de cualquier diálogo eran los silencios.

Era por eso que cada noche se dejaba caer por el “New Orleans“. La gente que frecuentaba aquel local podía mantener una conversación con 2 muecas y un escupitajo.

Desde que cambiaron la placa de su despacho por una carta de despido aquel lugar se había convertido en una especie de tierra santa a donde peregrinar cada noche. Era un sitio frío y oscuro, como la gente que lo frecuentaba.

En aquel tugurio el humo de los cigarrillos era tan asfixiante que a veces no sabías si estabas en un club o en una escalera de incendios.

 El dueño del New Orleans, Jimi, era un boxeador retirado cuya cara parecía sacada de un lienzo de Braque.

Vestía trajes de 3 piezas tan ajustados que cada vez que se le acercaba una chica podía escucharse como le latía la entrepierna.

Los golpes recibidos durante su carrera no habían pasado desapercibidos. Cada cinco minutos una campana sonaba en su cabeza y comenzaba a sentir fuertes dolores que solo desaparecían con un arsenal de pastillas mayor que el stock de cualquier farmacia.

De aquellos años sobre el cuadrilátero también heredó cierta debilidad mental. Una vez hizo un test de inteligencia y el resultado le dio números rojos.

En el rincón más oscuro y debajo de un enorme sombrero estaba Charlie. Un tipo cuya silueta parecía recortada con unas tijeras de podar y que cada mañana se afeitaba con una S&W modelo 29.

Se rumoreaba que se dedicaba a asuntos tan sucios que Temis, dama de la justicia, no dudaría en usar la espada para cortarle el escroto y decorar su balanza con sus pelotas.

Charlie tenía por costumbre no entrar en ningún lugar donde el número de personas fuese mayor al de balas de su revólver.

Durante algún tiempo su tarjeta de visita fue la primera falange del índice derecho de un testigo que le señaló en una rueda de reconocimiento.

Charlie se movía en un mundo en el que si querías saber sobre la vida de tus amigos bastaba leer las esquelas de los diarios.

La banda sonora del New Orleans corría a cargo del viejo Fred.

Un tipo de cuerpo famélico y tez nívea con el mismo atractivo que una llave inglesa.

La mejor de sus sonrisas no podía competir con una marca de frenazo sobre el asfalto.

El viejo nunca se separaba de su trompeta y tenía un enorme talento para la música. Lo malo es que lo tenía mayor para meterse en problemas.

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Vivía en una vieja pensión en la que compartía baño con más gente que pulgas tenía su colchón. Hacía mucho tiempo que no se desnudaba para nadie pero a falta de mujeres se consolaba con su viejo y gastado instrumento.

En otros tiempos tocaba 2 veces por semana en el “Village Vanguard” pero su afición al juego le había hecho perder contratos y matrimonios antes incluso que se secara la tinta de su firma.

Estaba tan arruinado que para redactar su testamento fue suficiente un ticket de aparcamiento.

A las 4 de la madrugada, después de varias copas y otros tantos cigarrillos, decidió que había llegado a su parada así que recogió su halo de fracaso y se dirigió a la puerta.

Al cruzar la salida se chocó con alguien que entraba. Levantó la cabeza y cruzó su mirada con la de un tipo en cuya espalda podría plantarse un huerto. Agachó la cabeza y sin decir nada se encaminó hacia su minúsculo apartamento.

Julio Ariza

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4 comentarios en “Arizados 4: New Orleans”

  1. Lord Buworld Says:

    Exquisito relato breve. Me ha encantado. Enhorabuena, Julio. No vuelvas a estar año y medio sin mandarme nada.

  2. rulos Says:

    Breve e intenso.
    Por un momento uno se traslada al New Orleans.
    Enhorabuena hermano


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